No es mucho lo que se puede decir, pero algo diremos.
En una cafetería del aeropuerto una joven está sentada a una mesa. Sus labios parecen perfilados con un pincel. Su cuerpo, en cambio, parece dibujado a lápiz, como un boceto. Sus manos se cierran sobre el vaso de papel del café, para que así el calor entre en su cuerpo. No parece que su mirada se pose en ningún lugar. Tiene el IPOD conectado. En este momento comienza a sonar su canción preferida y cierra los ojos.
Un chico de aspecto pálido está sentado en la cafetería del aeropuerto. Su cuerpo recuerda al de un perro flaco y tranquilo. Está bebiendo una cerveza y su mirada se posa en los zapatos de la gente que pasa. Tiene el IPOD conectado. En este momento comienza a sonar su canción preferida y cierra los ojos.
El chico y la chica están escuchando la misma canción. Tanto él como ella recurren a esa canción para desinfectarse las heridas. A los dos les cura del mismo modo porque los dos están heridos de la misma manera.
Sus ojos se encuentran en algún lugar del espacio y en ese salón invisible del aire hay un pequeño incendio que nadie ve.

¿Qué hacen en el aeropuerto? No lo sabemos. Ni si van o si vienen. Si se dirigen a un lugar lejano o están esperando a alguien, no tenemos la menor idea. Tan sólo que la chica está en la cafetería del aeropuerto de Fiumicino, en la ciudad de Roma y el joven está en Barajas, en el aeropuerto de Madrid.
Se han conocido dentro de una canción. Los dos se han sentido observados por alguien inexistente. Él sabe que está sólo en la mesa, pero aún así siente que alguien le acaricia el rostro. Sonríe. Ella le devuelve la sonrisa a una sonrisa que no sabe de dónde procede. Él enciende un cigarrillo. Ella siente que el humo de alguien que no está se enreda entre sus dedos. Es una alegría inexplicable. Algo en el aire. Que se aspira. Que se puede tocar. Pero que no tiene nombre. Se han abrazado en un rasgueo de guitarra. Se han besado mientras una voz susurraba en inglés algo como: “Cuando alguien me dice, ¿algo va mal? yo digo no, es solo una canción. Todas las canciones de amor me hacen llorar”.
En la cafetería, la gente que pasa tiene la sensación de que nada especial ni diferente está sucediendo en ese momento. Pero, por unos instantes, él y ella se miran a los ojos en una nación que no aparece en los mapas.
Ella ha abierto los ojos después de despedirse en el último acorde. Mira a su alrededor y no reconoce el lugar en el que está. A su lado todo el mundo habla en español. Y cuando está preguntándose qué hacen tantos turistas españoles en el aeropuerto, el camarero se acerca y le dice, en perfecto español, que si desea tomar algo.
La canción ha terminado, pero él aún tiene los ojos cerrados. Quiere retener la sensación atrapada bajo las párpados, pero oye a un grupo de italianos hablar en la mesa de al lado y abre los ojos. Justo en ese momento escucha por megafonía una voz que habla en italiano.

Ella camina, como una sonámbula, por el aeropuerto de Barajas.
Él camina, como si estuviese soñando, por el aeropuerto de Fiumicino.
Los dos miran a su alrededor y caminan buscando a alguien que no saben quién es.
Y a partir de entonces no volvemos a saber nada más de ellos.
Quizá haya una posibilidad, una entre un millón, de que puedan volver a coincidir en algún lugar del mundo. Quizá las alas de sus aviones rasguen la misma nube. Quizá algún día tengan el mismo sueño y se besen en otro lugar sin nación. Quizá sus viajes por el mundo formen el mismo dibujo en los mapas. Y quizá ese dibujo se parezca a ellos dos. Quizá sí. O quizá no. Quién sabe. Igual están condenados a cruzarse eternamente sin verse. Es poco lo que sabemos de ellos y es difícil llegar a una conclusión.
Tan sólo nos han dejado una melodía en los labios. Quizá ya sea demasiado.






























